El
mentiroso
Henry
James
Provocación
2ª
edición
Stanislaw Lem
Diario
de un hombre de cincuenta años
(3ª
ed.)
Henry
James
Provocación
Stanislaw
Lem
Traducción de Joanna Bardzinska y Kasia Dubla
Horst
Aspernicus:
Der Völkermord
I. Die Endlösung als Erlösung
II. Fremdkörper Tod
(Göttingen, 1980)
Como dijo alguien,
está muy bien que esta historia del genocidio la escribiera un alemán
porque cualquier otro autor se expondría a acusaciones de germanofobia.
No creo que esto hubiera pasado. Para este antropólogo, el origen alemán
de «la solución final de la cuestión judía»
en el Tercer Reich constituye sólo la parte secundaria de un proceso
que no se limita ni a los asesinos alemanes ni a las víctimas judías.
Se han escrito ya muchas atrocidades sobre el hombre contemporáneo.
No obstante, nuestro autor ha decidido acabar con ese hombre de una vez por
todas, triturándolo hasta tal punto que no pueda volver a levantarse.
Aspernicus, cuyo apellido se asocia con Copérnico, quería, como
hizo su ilustre antecesor en la astronomía, iniciar una revolución
en la antropología del mal. Al leer el resumen de los dos tomos de
la obra, el lector mismo podrá decir si lo consiguió.
Siguiendo sus ambiciosos planes, el primer tomo se abre con el estudio de
ciertos comportamientos observados en el mundo animal. El autor trata de los
depredadores que matan por instinto, para vivir. Destaca que el depredador,
especialmente si es grande, no mata por encima de sus necesidades y de las
de su cortejo de comensales, ya que, como es sabido, todas las especies depredadoras
tienen su cortejo, compuesto de animales más débiles que se
alimentan de los restos de sus presas. Los animales no depredadores se vuelven
agresivos sólo durante el período de celo. Sin embargo, son
escasas las ocasiones en las que la lucha de los machos por una hembra acaba
con la muerte del rival. Matar de una forma gratuita es poco frecuente entre
los animales. Donde se observa con mayor frecuencia este comportamiento es
entre los animales domesticados.
El caso del hombre es distinto. Según las crónicas, desde los
tiempos más antiguos, los conflictos bélicos se convertían
en matanzas masivas de los vencidos. Los motivos, en la mayoría de
los casos, eran prácticos: al eliminar la progenie de los vencidos,
el vencedor evitaba la futura venganza. En las culturas antiguas, las matanzas
de este tipo no se ocultaban en modo alguno, eran incluso ostentosas: cestas
llenas de miembros y genitales cortados formaban parte de las marchas triunfales
de los vencedores como manifiesto de su victoria. Tampoco nadie en la antigüedad
cuestionaba este derecho del vencedor. A los vencidos los mataban o los llevaban
presos, según un cálculo de beneficios puramente material.
Basándose en abundante documentación, Aspernicus demuestra cómo
las reglas bélicas se fueron blindando con un número cada vez
mayor de limitaciones; esto se ve claramente en los códigos caballerescos.
Sin embargo, estas limitaciones no eran respetadas en las guerras civiles,
porque el adversario interior superviviente era más peligroso que el
enemigo exterior, lo cual explica por qué los católicos perseguían
a los cátaros con más afán que a los sarracenos.
La paulatina ampliación de estas limitaciones llevó finalmente
a acuerdos como el Convenio de la Haya. La cuestión básica era
que la victoria en la guerra y la matanza de los vencidos debían permanecer
separadas. Lo primero no podía bajo ninguna circunstancia traer consigo
lo segundo. Esta disyunción iba a reflejar el progreso realizado en
la ética de los conflictos bélicos. También han ocurrido
actos de genocidio en los tiempos modernos, pero carecen del oportunismo y
la ostentación de los antiguos. Aquí, Aspernicus pasa al estudio
de los razonamientos que se han dado en los distintos siglos para justificar
el genocidio.
En el mundo cristianizado, esos razonamientos pasaron a ser un hecho común.
Hay que añadir que ni las expediciones de los conquistadores, ni las
levas de esclavos africanos, ni, más antiguamente, la liberación
de Tierra Santa o el desmembramiento de los imperios indios de América
del Sur, fueron llevados a cabo con una abierta intención genocida,
sino que se trataba de reclutar mano de obra, de convertir paganos, de la
conquista de tierras de ultramar, y las matanzas de aborígenes significaban
la superación de unos obstáculos en el camino. Sin embargo,
en la cronología de los genocidios podemos detectar una caída
del interés propio como componente motivador en relación al
componente justificativo, esto es, un creciente predominio del provecho espiritual
sobre el provecho material de los autores. Aspernicus señala la masacre
de los armenios por los turcos, en la Primera Guerra Mundial, como precursora
del genocidio nazi, puesto que adquirió en toda su plenitud las características
de un genocidio moderno: a los turcos la carnicería no les proporcionó
ningún beneficio significativo, y al mismo tiempo se falsearon sus
motivos y se ocultó como se pudo ante el mundo. Según el autor,
el genocidio tout court no es el estigma del siglo XX, sino la matanza con
razonamientos totalmente falseados, enmascarada en la medida de lo posible
tanto en su desarrollo como en sus resultados. Los beneficios materiales procedentes
del saqueo de las víctimas eran más bien nulos o peor incluso,
como en el caso de judíos y alemanes: en el balance del estado alemán,
el judeocidio significó una pérdida material y cultural, lo
cual fue demostrado, con amplia documentación, por autores alemanes
después de la Segunda Guerra Mundial. Así pues, a lo largo de
la historia se invirtió la situación original: el provecho,
ya fuese económico o militar, de la práctica del genocidio pasó
de real a imaginario, y eso fue lo que generó la necesidad de encontrar
nuevas justificaciones para el asesinato. Si estas justificaciones hubieran
adquirido la potencia de un argumento tajante, las masivas sentencias de muerte
ejecutadas mediante estas justificaciones no tendrían que ocultarse
ante el mundo. Sin embargo se ocultaban por doquier, así que, por lo
visto, no eran lo bastante convincentes ni siquiera para los promotores del
genocidio. Aspernicus considera esto un diagnóstico inquietante y,
a la vez, según los hechos, indiscutible. Como indican los documentos
conservados, el nazismo mantuvo en el proceso genocida una cierta gradación:
a los pueblos diezmados y subyugados, como los eslavos, se les anunciaban
algunas ejecuciones; en cambio, a los grupos que iban a ser totalmente eliminados,
como los ju-díos o los gitanos, no se les avisaba de las ejecuciones
en marcha. Cuanto más total era la matanza, más sombra la ocultaba.
Aspernicus examina este conjunto de fenómenos aplicando un método
de incursiones sucesivas cuya intención es alcanzar las motivaciones
más profundas del genocidio. Primero, muestra en el mapa de Europa
un gradiente enfocado de Oeste a Este, desde el polo del encubrimiento hasta
el de la claridad, o, en términos morales, desde el asesinato avergonzado
hasta el desvergonzado. Lo que los alemanes hacían en la Europa occidental
a escala local, en secreto, de modo esporádico y lentamente, lo emprendían
en el Este a escala creciente, con brusquedad, de forma más evidente
y cada vez con menos reparos, empezando por las fronteras del General Gouvernement,
esto es, las tierras polacas anexionadas por los alemanes durante el tercer
reparto de Polonia. Cuánto más al este, más claramente
el genocidio pasaba a ser una normativa de aplicación inmediata: a
menudo mataban a los judíos en sus casas, sin aislarlos en guetos ni
trasladarlos a los campos de exterminio. El autor opina que esa disparidad
demuestra la hipocresía de los genocidas, que se sentían incómodos
para hacer en el Oeste lo que hacían en el Este, donde ya ni se preocupaban
de guardar las apariencias.
En su origen, el programa de «la solución final de la cues-tión
judía» escondía distintas variantes que presentaban diferentes
grados de crueldad, aunque todas con idéntico final. Aspernicus sostiene,
y con razón, que era factible la variante no sanguinaria, militar y
económicamente más provechosa para el Tercer Reich: separación
de sexos y aislamiento en guetos o campos. Si los alemanes, al escoger su
conducta, no tomaron en consideración los factores éticos, deberían
haber considerado al menos el factor de beneficio propio que sin duda implicaba
esta variante, puesto que dejaría libres una gran parte de los trenes
(los cuales trasladaban a los judíos de los guetos a los campos de
exterminio) para necesidades militares, reduciendo el número de tropas
dedicadas al exterminio (porque la vigilancia de los guetos exigiría
menos fuerzas) y aliviando también la industria destinada a la producción
de crematorios, trituradoras de huesos humanos, gas Zyklon y otros utensilios
genocidas. Los judíos segregados se hubieran extinguido en cuarenta
años, como mucho, teniendo en cuenta el ritmo al que desaparecía
la gente de los guetos a causa del hambre, las enfermedades y el agotamiento
causado por los trabajos forzados. El ritmo de este genocidio indirecto era
conocido por la plana mayor del Endlösung a principios del año
1942, y cuando se optó por la decisión definitiva, la plana
mayor podía contar aún con una victoria alemana. No había,
pues, ningún factor a favor de la solución sanguinaria, aparte
de la propia voluntad de matar.