El
mentiroso
Henry
James
La
Cruz del Sur
Roberto Pagés
Diario
de un hombre de cincuenta años
(3ª
ed.)
Henry
James
El
gran castillo
Stanislaw
Lem
Traducción de Teresa Bonneau-Kwiecien
(Publicación en Funambulista: septiembre de 2006)
¿Recordáis
todas esas cosas sorprendentes que los liliputienses encuentran en los bolsillos
de Gulliver? ¿Todos esos objetos misteriosos y fantásticos,
el peine-empalizada, el enorme reloj que suena rítmicamente, y tantas
otras cosas por completo oscuras? Yo también fui un liliputiense. Conocí
a mi padre a base de subirme encima de él, que estaba sentado en una
silla alta, penetrando en los bolsillos autorizados de su chaqueta, que olía
a tabaco y a hospital. En el bolsillito izquierdo del chaleco guardaba un
cilindro metálico que se asemejaba a un obús para caza mayor,
que se desmontaba mostrando una pequeña pirámide de embudos,
cada cual más pequeño que el anterior. Era su endoscopio. El
bolsillo más cercano albergaba un lápiz del que apenas quedaba
nada, embutido en un tubo dorado que alguien con más fuerza que yo
en aquel entonces hubiera podido abrir. En la chaqueta, dentro de un estuche
de metal, había un monedero diminuto, pero no para las monedas, pues
no contenía nada salvo un pedazo de fieltro que se desplegaba si se
accionaba el mecanismo.
Allí también había una cajita de plata que contenía
una especie de lámina plateada con un trozo de caucho color de tinta
pegado a uno de los lados. Estaba prohibido tocarla, pues al hacerlo los dedos
se ponían violetas de inmediato.
En el bolsillo opuesto se encontraba un espejo redondo con un agujero en medio,
prendido a una cinta negra con un imperdible. Este espejo agrandaba mi rostro
y mi ojo parecía un estanque con el iris nadando en él como
un gran pez color castaño, y mis pestañas se convertían
en largos juncos. De una cadenita dorada colgaba, fijado como un ancla al
chaleco, un reloj pequeño y muy plano; era de oro y con tres tapaderas.
Mostraba cifras que se llamaban romanas y tenía un segundero. Yo solo
no conseguía abrir la tapa del fondo, pero había visto que debajo
se encontraban unas ruedecillas y unos rubíes, como ojos que refulgían
mientras se ponían a andar. Así fue como fui conociendo de cerca
a mi padre.
Mi padre llevaba camisas blancas con rayas negras muy finas. Los puños
iban fijados con ayuda de botones, y los cuellos eran rígidos, prendidos
por agujas. En los cajones había muchos cuellos, agradables al tacto,
y yo sabía que con ellos se podía hacer cosas interesantes pero
no tenía ni idea de qué. La corbata de mi padre era suave y
negra, como si fuera una cinta con un gran lazo en la punta. El sombrero era
ancho, de ala flexible y llevaba una goma de la que se podía tirar.
Y había dos bastones. Uno de ellos desaparecía de cuando en
cuando. Eran unos bastones bastante vulgares. Mi tío tenía un
bastón mucho más interesante, con una cabeza de caballo. Y luego,
otra persona anciana utilizaba un bastón con pomo de marfil. Pero este
bastón no lo vi jamás de cerca, ya que me escondía tan
pronto llegaba su propietario, del miedo que me daba su manera de resoplar.
Yo no sabía que no pretendía asustarme. Era una especie de tío
o tío abuelo, pero en mi opinión no tenía nada de un
tío.
Vivíamos en un piso de seis habitaciones, pero yo no tenía habitación
propia. Al lado de la cocina había una sala de paso, anexa al cuarto
de baño, tras una puerta del color de las paredes de la sala, amueblada
con un viejo sofá y un aparador antiguo y feo y unos cajones debajo
de las ventanas en los que mi madre guardaba provisones. Luego había
un pasillo con puertas que desembocaba en el comedor, el despacho de mi padre
y el dormitorio de mis padres. Una entrada separada llevaba a la zona reservada,
sala de espera para los pacientes y consulta donde mi padre recibía.
Yo vivía pues en todas partes y en ningún lado. Al principio
dormía con mis padres, y después en el comedor en un sofá.
Yo intentaba afianzarme en algún lugar pero la cosa no funcionaba.
Cuando el tiempo era bueno ocupaba el balconcito de piedra al que se llegaba
cruzando el despacho de mi padre.
Desde allí entablaba batallas contra los edificios de enfrente, sus
chimeneas convertidas en buques de guerra. A veces, yo mismo era Robinsón
en su isla desierta. Mis centros de interés tomaban la forma de una
madreselva que se enroscara alrededor de las sensaciones gastronómicas,
así que me daba por amasar provisiones. Entre mis reservas tenía
granos de maíz en cucuruchos de papel, y también habas, y si
la estación lo permitía, cerezas, cuyos huesos eran excelente
munición para ser arrojada con armas cortas o bien directamente con
la mano. Alguna vez cogía a escondidas caramelos blandos de café
o directamente de la mesa restos de algún postre. Me rodeaba de este
modo de cucuruchos y platitos y podía así iniciar mi difícil
vida de solitario.
Pecador y delincuente, no me faltaba materia para reflexionar. Aprendí
a entrar mediante efracción en los cajones del aparador en los que
mi madre guardaba los bollos y los pasteles; lograba abrir el cajón
y me dedicaba a desgajar todo el borde del pastel con tal precisión
que no se notara la parte sustraída. Después recogía
y me comía todas las migajas, y chupaba el cuchillo, objeto del delito,
para no dejar ningún rastro. Alguna vez mi pasión se revelaba
superior a mi razón frente a las frutas confitadas, y llegaba a privar
la superficie de los pasteles de toda su ornamentación. Las superficies
calvas, desguarnecidas de naranjillas, grageas verdes y de otros colores,
no se podían ocultar fácilmente, con lo que yo esperaba resignado,
desesperado y estoico las consecuencias de aquel fatídico gesto mío.
Como vecinos en el balcón tenía dos laureles, con sus tiestos
de madera. El uno daba flores blancas, el otro rosas. Nuestra convivencia
era neutra, me dejaban bastante indiferente. Dentro del piso también
había algunas plantas degeneradas, parientes enanas de la flora sureña,
una especie de palmera que no acababa de marchitarse al tiempo que iba muriéndose
con su color oxidado, un filodendro de hojas metálicas y un pequeño
abeto o pino, la verdad no sé qué sería, que cada año
echaba algún brote pequeño y nuevas agujas olorosas (…)